jueves, 7 de marzo de 2013

Las mujeres no pagamos ni la crisis ni la deuda del 1%

Declaración de Izquierda Anticapitalista ante el 8 de marzo

Más de cuatro años después de que estallara esta crisis, y con todo lo que hemos pasado desde entonces, tenemos ya la certeza de que nos encontramos en un punto de inflexión en el que está en juego un cambio integral de modelo de sociedad. No nos engañemos: el día que los grandes magnates de las finanzas comuniquen oficialmente el acta de defunción de la crisis, nuestras vidas no volverán a ser como las recordamos antes del 2008: ni los recortes en los servicios públicos ni los ataques contra los derechos de las trabajadoras ni sus desahucios serán revertidos. Sabemos a estas alturas que la crisis está proporcionando la coartada perfecta para la privatización de la sanidad, la educación, los servicios sociales y las pensiones, así como para la flexibilización del mercado laboral y del conjunto de nuestras existencias. Siempre hubo razones para la lucha anticapitalista. Lamentablemente las de hoy son mucho más numerosas que las de hace cinco años.

Leer la crisis exclusivamente en clave económica, laboral o de servicios públicos, sin embargo, ya no es suficiente. Nunca lo fue. Una mirada feminista y anticapitalista a las mismas nos muestra que nuestro trabajo y nuestra lucha deben ir mucho más allá. Empezamos la crisis denunciando la invisibilización de los impactos de género de la crisis, particularmente en lo que se refiere a las dramáticas condiciones laborales de muchísimas mujeres en el Estado español. Después pasamos a denunciar que los recortes en los servicios públicos, particularmente en Sanidad, Educación y Servicios Sociales, además de dejar a amplios colectivos sociales en situación muy vulnerable, hace recaer de nuevo sobre las mujeres el cuidado, el trabajo y la responsabilidad que las administraciones se están quitando de encima. Ello ha hecho que la carga global de trabajo (que incluye el asalariado y el no asalariado) de las mujeres se haya multiplicado desde los inicios de la crisis. Dicho de otro modo, las mujeres no solo tienen que trabajar más horas a cambio de un salario menor para poder mantener a sus familias, sino que deben cuidar de todos y todas aquellas familiares con necesidades de cuidado de los que el Estado se deshace como carga improductiva y parasitaria. “¿Para qué seguir pagando por servicios públicos que pueden hacer tranquilamente las mujeres en su casa a cambio de nada”? Se preguntan Mariano Rajoy y todos sus compadres.

Y ello nos lleva a un tercer momento de crítica feminista anticapitalista, en el que (otras de) nuestras peores pesadillas se están haciendo realidad. El año pasado el gobierno del Partido Popular, en boca de su ministro de justicia Alberto Ruiz Gallardón, anunció que piensa reformar la actual ley del aborto. No sólo se proponen eliminar el plazo de 14 de semanas durante el cual las mujeres pueden efectuar una interrupción voluntaria del embarazo sino que, además de anular la capacidad de decisión de las menores de edad, pretenden eliminar el supuesto de malformación fetal. Así es la derecha: mientras que destruye los servicios públicos de apoyo a las personas en situación de autonomía restringida, prohíbe que una mujer renuncie a dar vida a un ser que nunca va a ser autónomo ni autosuficiente y que solo va a conocer el sufrimiento y la indiferencia de la sociedad. Lo que supone ya una amenaza plausible para la mayoría de los mujeres, por otro lado, constituye una realidad para aquellas de origen inmigrante en situación irregular, ya que, gracias a los paquetes de austeridad del gobierno, desde el mes de septiembre no pueden acceder a la Sanidad Pública ni para tratarse en caso de enfermedad ni para realizar una interrupción voluntaria del embarazo. Sabemos a su vez que el Partido Popular, en su desmantelamiento reaccionario del estado de bienestar, pretende eliminar de la red de la sanidad pública cualquier prestación que tenga que ver con la salud sexual y reproductiva de las mujeres, y ello incluye cuestiones como el aborto o la contracepción. De esta manera, los gestores de esta crisis no sólo precarizan las vidas de las mujeres mediante sus ataques laborales y sociales sino que a su vez, en una nueva vuelta de tuerca, amenazan su derecho a decidir sobre sus propios cuerpos y sus propias vidas.

Y la cosa no queda ahí. ¿Quién no recuerda al popular Javier Arenas afirmando el 8 de marzo del año pasado que el Gobierno debe “recuperar los valores familiares que, desde que la mujer trabaja, se han perdido”? ¿O a Gallardón reivindicando que la maternidad hace a las mujeres verdaderamente libres? ¿O Castelao diciendo que, como las mujeres, las leyes están para violarlas?

No solo atacan los derechos laborales y sociales de todas y todos sino que, en el mismo proceso, resucitan el ideal de la mujer sumisa y cuidadora, ideal que les va de perlas no solo para arrebatar a las mujeres sus libertades sino también para facilitar la transferencia a sus espaldas de apoyo, servicios y cuidados que, movimientos como el sindical, el feminismo y el vecinal habían conseguido que fueran públicos tras décadas de luchas. Lo que está en juego, de esta manera, no son solo unas cuantas reducciones en prestaciones y programas de las administraciones públicas. Con esta crisis, así como con las batallas que plantemos ante ella, están en juego dos modelos radicalmente distintos de sociedad. La de ellos, donde no quede nada por privatizar y donde los derechos de las mujeres, incluyendo su derecho a elegir, estén subordinados a la lógica del beneficio económico, la productividad y la rapiña. O la nuestra, donde la Sanidad, la Educación, los servicios públicos y, en definitiva, lo común, sean gestionados de manera colectiva, solidaria y justa; donde todas las personas tengan la oportunidad de elegir qué quieren hacer de sus cuerpos, de sus vidas, de sus afectos, de su trabajo, de su futuro. El 8 de marzo de este año debe ser un paso más en la construcción de una alternativa feminista y anticapitalista al modelo económico y social que nos imponen; debe ser una jornada de lucha que abra brechas para más luchas, más profundas, más inclusivas, más unitarias y más radicales; debe ser otro recordatorio de la importancia y protagonismo del feminismo, porque es inadmisible que el 1% haga recaer el peso de esta crisis sobre las espaldas y los cuerpos de las mujeres. Este 8 de marzo seguimos saliendo a la calle porque sin las mujeres se derrumba el sistema y porque sin el feminismo la lucha está incompleta.

6 de marzo de 2013
www.anticapitalistas.org

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